Actualidad politica · 20 de julio de 2026
La mujer conquistó Palacio
La historia política del Perú registra dos momentos decisivos para la participación femenina. El primero ocurrió el 7 de septiembre de 1955, cuando la Ley N.° 12391 reconoció a las mujeres el derecho a elegir y ser elegidas. El segundo llegó setenta años después, cuando una mujer alcanzó por primera vez la Presidencia de la República mediante el voto popular. Entre ambos acontecimientos transcurrieron siete décadas de transformaciones sociales, avances democráticos y una constante lucha por la igualdad política. El reconocimiento del sufragio femenino constituyó un punto de partida, pero no eliminó las barreras culturales ni la predominancia masculina dentro de los partidos políticos. Durante décadas, las mujeres conquistaron espacios como congresistas, ministras, alcaldesas y líderes partidarias; sin embargo, la Presidencia de la República permaneció como un territorio inaccesible. La elección de Keiko Fujimori representa el cierre de ese largo proceso histórico. Su triunfo no solo simboliza el éxito de una candidatura, sino la culminación de una lucha iniciada cuando las mujeres peruanas obtuvieron el pleno ejercicio de sus derechos políticos. Sin embargo, esta historia no comenzó con Keiko Fujimori. Antes de ella existieron otras mujeres que desafiaron los prejuicios de su tiempo y demostraron que la conducción del Estado también podía ser asumida por una mujer. Cada candidatura abrió camino para la siguiente y fue ampliando los límites de la representación política femenina. La pionera de una nueva etapa La cronología de las candidaturas presidenciales femeninas comienza en 1990 con Dora Narrea, representante de la Unión Nacional Odriísta (UNO). Su postulación marcó un hecho inédito. Hasta entonces ninguna mujer había competido por la Presidencia de la República en una elección general. Aunque no obtuvo un resultado significativo, su candidatura rompió una barrera simbólica que parecía inamovible y demostró que el liderazgo femenino podía aspirar al más alto cargo del Estado. Cinco años después, en 1995, el Partido Aprista Peruano presentó como candidata presidencial a Mercedes Cabanillas Bustamante, una dirigente con amplia experiencia parlamentaria. Su candidatura tuvo un profundo significado político. Por primera vez, uno de los partidos tradicionales del país confiaba en una mujer para encabezar una campaña presidencial. Aunque la reelección de Alberto Fujimori dominó el escenario electoral, Mercedes Cabanillas consolidó la presencia femenina dentro de las organizaciones políticas nacionales. Lourdes Flores Nano y el salto cualitativo El proceso electoral de 2001 representó un punto de inflexión. Con la candidatura de Lourdes Flores Nano, de Unidad Nacional, una mujer dejó de ser una simple participante para convertirse en una verdadera opción de gobierno. Su desempeño modificó la percepción ciudadana sobre el liderazgo femenino. Por primera vez, una candidata aparecía con posibilidades reales de disputar la Presidencia. Aunque finalmente no alcanzó la segunda vuelta, Lourdes Flores instaló una pregunta que hasta entonces parecía lejana: ¿cuándo gobernaría una mujer el Perú? Cinco años más tarde, las elecciones de 2006 marcaron otro hito. Por primera vez coincidieron tres candidaturas presidenciales encabezadas por mujeres. Además de Lourdes Flores Nano, participaron Martha Chávez, por Alianza por el Futuro, y Susana Villarán, por Concertación Descentralista. La presencia simultánea de tres mujeres reflejó el avance democrático del país. Las candidaturas femeninas dejaban de ser excepcionales para convertirse en una expresión normal de la competencia electoral. El ascenso de Keiko Fujimori Las elecciones de 2011 marcaron el ingreso definitivo de Keiko Fujimori como protagonista de la política peruana. Representando a Fuerza 2011, alcanzó la segunda vuelta frente a Ollanta Humala, convirtiéndose en la primera mujer que disputaba directamente la Presidencia en la etapa decisiva del proceso electoral. En esa misma elección también participó Juliana Reymer, ampliando nuevamente la representación femenina. Aunque Keiko fue derrotada, quedó demostrado que una mujer podía construir una mayoría electoral nacional. Ese escenario volvió a repetirse en 2016, cuando Keiko Fujimori y Verónika Mendoza concentraron gran parte de la atención política. Ambas representaban proyectos ideológicos distintos, pero confirmaban que el liderazgo femenino había dejado de ser una excepción dentro del sistema democrático. Cinco años después, en 2021, Keiko Fujimori volvió a disputar la segunda vuelta presidencial, mientras Verónika Mendoza consolidaba su presencia como una de las principales dirigentes de la izquierda peruana. Para entonces, las mujeres ya no competían únicamente por representación simbólica. Competían para gobernar. Sin embargo, el objetivo histórico seguía pendiente. La primera mujer elegida Presidenta de la República mediante voto popular aún no había llegado. Ese momento se produciría en las elecciones de 2026, un proceso sin precedentes en la historia electoral peruana por el número y la diversidad de candidaturas femeninas que participaron en la contienda. Las elecciones generales de 2026 representaron un punto de inflexión en la historia política del Perú. Nunca antes tantas mujeres habían competido simultáneamente por la Presidencia de la República, reflejando la consolidación del liderazgo femenino dentro de la democracia peruana. La campaña reunió perfiles distintos y trayectorias diversas. Marisol Pérez Tello, candidata de Primero La Gente, llegó respaldada por su experiencia como congresista y exministra de Justicia y Derechos Humanos. Su propuesta enfatizó el fortalecimiento institucional, el diálogo democrático y la recuperación de la confianza ciudadana. Fiorella Molinelli, por Fuerza y Libertad, representó una candidatura de perfil técnico. Su experiencia en la administración pública orientó su campaña hacia la modernización del Estado, la eficiencia en la gestión pública y la promoción de políticas de desarrollo. Por su parte, Rosario del Pilar Fernández Bazán, candidata de Un Camino Diferente, llevó al escenario nacional una propuesta surgida desde la región La Libertad. Su postulación evidenció que los nuevos liderazgos femeninos ya no provenían exclusivamente de los partidos tradicionales, sino también de organizaciones políticas construidas desde las regiones, ampliando la pluralidad del sistema democrático. Sin embargo, la figura central de aquella elección volvió a ser Keiko Fujimori. Su candidatura concentraba una carga política e histórica excepcional. Era la cuarta vez que aspiraba a la Presidencia de la República. Había llegado a la segunda vuelta en 2011, 2016 y 2021, siendo derrotada en las tres oportunidades. Para muchos analistas, su carrera política parecía haber alcanzado un límite difícil de superar. Durante años se habló de un supuesto "techo electoral" del fujimorismo. El denominado antifujimorismo había logrado articular, en tres procesos consecutivos, una amplia coalición de sectores ideológicamente distintos unidos por un mismo objetivo: impedir su llegada al poder. Pero el Perú de 2026 era diferente. Las prioridades ciudadanas habían cambiado profundamente. La inseguridad, el avance del crimen organizado, las extorsiones, el sicariato, la desaceleración económica y la inestabilidad política desplazaron a los antiguos debates ideológicos. La ciudadanía comenzó a demandar orden, estabilidad, crecimiento económico y capacidad de gestión. Ese nuevo escenario transformó el comportamiento electoral. El voto dejó de concentrarse en las confrontaciones del pasado y comenzó a orientarse hacia la búsqueda de soluciones para los problemas cotidianos. En ese contexto, Keiko Fujimori logró romper el techo político que durante años pareció infranqueable. Su cuarta candidatura terminó convirtiéndose en la definitiva. Cuando los organismos electorales oficializaron los resultados, el Perú ingresó en un capítulo inédito de su historia republicana. Por primera vez desde que las mujeres conquistaron el derecho a elegir y ser elegidas en 1955, una mujer era elegida Presidenta de la República mediante el voto popular. El significado de aquel resultado trascendía ampliamente a una organización política o a una figura individual. Era el desenlace de una historia iniciada siete décadas atrás. Pero también era el reconocimiento al esfuerzo de todas aquellas mujeres que, antes de alcanzar la meta, habían abierto el camino. La victoria de Keiko Fujimori también pertenece a, quien en 1990 rompió el paradigma al convertirse en la primera mujer que postuló a la Presidencia del Perú. Pertenece a Mercedes Cabanillas, que demostró que una organización política histórica podía confiar su candidatura presidencial a una mujer. Pertenece a Lourdes Flores Nano, quien convirtió una candidatura femenina en una verdadera opción de gobierno. Pertenece igualmente a Martha Chávez, Susana Villarán, Juliana Reymer, Verónika Mendoza, Marisol Pérez Tello, Fiorella Molinelli y Rosario del Pilar Fernández Bazán, quienes, desde distintas posiciones ideológicas y generaciones políticas, ampliaron la representación femenina dentro de la competencia electoral. Cada una contribuyó a derribar prejuicios. Cada campaña amplió el horizonte democrático. Cada candidatura acercó un poco más el momento en que una mujer alcanzaría la Presidencia de la República. La elección de 2026 también debe analizarse dentro del contexto latinoamericano. Durante los últimos años, diversos procesos electorales evidenciaron un desplazamiento del escenario político regional hacia opciones de centroderecha y derecha. El desgaste de varios gobiernos de izquierda, la creciente preocupación por la inseguridad ciudadana, las dificultades económicas y la demanda de mayor estabilidad institucional modificaron las preferencias de una parte importante del electorado latinoamericano. El triunfo de Keiko Fujimori se inscribe dentro de esa tendencia regional. No necesariamente significa un cambio permanente en la orientación ideológica del país, pero sí refleja un momento político en el que conceptos como autoridad, seguridad, crecimiento económico y fortalecimiento institucional recuperaron centralidad en el debate público. Más allá de las interpretaciones partidarias, el mayor legado de esta elección probablemente sea otro. Por primera vez, las niñas peruanas podrán crecer sabiendo que la Presidencia de la República no constituye un espacio reservado exclusivamente para los hombres. Ese cambio cultural representa una conquista democrática de enorme trascendencia. Las democracias maduran cuando amplían los espacios de representación y permiten que todos los ciudadanos puedan aspirar, en igualdad de condiciones, a los más altos cargos públicos. Setenta años después de la conquista del sufragio femenino, el Perú cerró una de las últimas brechas simbólicas de su historia política. La Presidencia de la República dejó de ser un territorio exclusivamente masculino. La elección de Keiko Fujimori marca el final de una larga espera iniciada en 1955 y abre una nueva etapa en la democracia peruana, donde el debate ya no debería centrarse en el género de quien aspira a gobernar, sino en la calidad de sus propuestas, la solidez de su liderazgo y su capacidad para responder a los desafíos nacionales. Porque la historia democrática no se construye con hechos aislados. Se construye con la suma de esfuerzos, con la perseverancia de quienes se atrevieron a desafiar las barreras de su tiempo y con el voto de una ciudadanía que, siete décadas después, decidió escribir una nueva página en la historia del Perú.

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