¿Por qué la ética sin estrategia pierde elecciones en el Panamá del “No Vas”?
Por. Evy Vargas Despaigne *
Cada cinco años Panamá se pone el mismo disfraz. Cambia la tarima, cambia el filtro de TikTok, pero el libreto es calcado. Sale el candidato con camisa remangada, la mandíbula apretada, el discurso ensayado. Habla de anticorrupción, de cambio, de meter presos a los que robaron antes. Promete acabar con la botella, auditar la descentralización paralela, poner orden en el agua, en la Caja, en los hospitales donde la gente se muere esperando.
Y uno lo escucha y dan ganas de creer. Porque la rabia está ahí, viva. La rabia del papá que madruga y el bus no pasa. De la mamá que lleva a su hijo a la sala de urgencias y no hay medicina. Del profesor que ve como en la universidad del Estado entran por apellido y no por nota. De los 4 millones que sentimos que nos toman el pelo cada vez que abren una licitación.
El problema no es la rabia. El problema es que en Panamá la rabia ya no alcanza.
Mira la película para atrás. ¿Cuántos llegaron hablando de manos limpias y terminaron administrando la misma porquería? ¿Cuántos se indignaron en campaña y a los dos años estaban explicando por qué “no se pudo”? La indignación sin plan se gasta. Y cuando se gasta, deja algo peor: apatía. Y la apatía, como decía Raúl Leis, es el peor enemigo de la democracia. Porque deja que una minoría bien aceitada decida por todos, y que la corrupción se vuelva paisaje. Algo que vemos y ya ni nos molesta.
No es que falten honestos. Es que el diseño está mal desde la raíz. Aquí la corrupción dejó de ser un tipo malo robando en una esquina. Hace rato que es un sistema. Un sistema que paga sueldos, que financia campañas, que reparte contratos, que compra lealtades. Un sistema que se adapta, que aprende, que sobrevive aunque cambies al presidente. Enfrentarte a eso con solo ética es como ir a una guerra con un poema. Bonito, pero te matan.
1. Conoce a tu enemigo: la corrupción ya no es un delito, es un negocio.
El primer error de todo movimiento nuevo, sea de independientes o de partido chiquito, es creer que la corrupción son manzanas podridas. “Sacamos a los malos y metemos a los buenos. Listo”. Falso. En Panamá la corrupción a gran escala funciona como una economía paralela. Le sacan plata al Estado y con esa misma plata compran la próxima elección. Le dan a un contratista 3 millones por una obra que vale 1. Ese millón extra vuelve como donación, como pauta, como buses para movilizar gente el día de la votación. Después ese contratista recupera el favor con otro contrato inflado.
Charlotte Elton lo dijo claro hace años: aquí la corrupción no es una falla del sistema. Para mucha gente es el sistema. Es la forma en que se lubrica todo. Sin eso, según ellos, “no camina el país”. No le ganas a eso con un spot lindo. Le ganas estudiando cómo se mueve la plata. Sabiendo quién le debe a quién. Sabiendo en qué corregimiento pagan 20 dólares el día de las elecciones y en cuál amenazan con quitarle la beca al hijo si no van a votar. Si no entiendes la maquinaria, la maquinaria te pasa por encima.
2. Los tres pilares que necesita una campaña que de verdad quiera ganarle al sistema.
Deja la lista de deseos. Deja el plan de 80 páginas que nadie lee. Una estrategia de verdad es ajedrez sucio. Es decidir a quién ignoras, a quién le sonríes aunque te caiga mal, y en qué batalla te vas a desgastar hoy porque mañana ya no hay tiempo. Aquí no gana el más bueno, ni el más preparado, ni el que tiene las mejores propuestas técnicas. Gana el último que queda en pie cuando ya no hay plata que repartir. Para eso necesitas tres pilares y no puedes fallar en ninguno.
• Pilar uno: territorio y datos.
Olvídate de recorrer el país dando discursos. Necesitas saber calle por calle dónde está tu voto, dónde está el voto duro del otro, y dónde está el indeciso que se vende por un jamón. Necesitas una base de datos real, no inventada. Necesitas voluntarios que vivan ahí, no activistas que van un domingo y se van. Sin territorio no hay defensa del voto. Y sin defensa del voto, te roban la elección en la madrugada.
• Pilar dos: narrativa que duela.
Hablar de “transparencia” no le duele a nadie. Hablar de que por culpa de un sobrecosto de 8 millones en una licitación tu hijo no tuvo cupo en la escuela, eso sí duele. Hay que traducir. Agarrar el número grande y convertirlo en cara, en bus que no llegó, en cita que te cancelaron en el hospital, en salón sin aire. Si la gente no siente el robo en el cuerpo, no vota molesta. Vota resignada.
• Pilar tres: plata y disciplina.
Suena feo, pero es real. Necesitas plata para competir. Y necesitas disciplina para no quemarla en vallas y en conciertos. La plata va en estructura, en abogados, en tecnología, en gente que cuide las mesas. Y necesitas un equipo que no se desvíe. Porque enfrente tienen asesores que te van a ofrecer de todo: pauta, favores, “hablemos después de las elecciones”. Si flaqueas un día, te compran.
3. La tinta de calamar y cómo no ahogarte.
Llega un momento en toda campaña donde empiezas a subir en las encuestas. Y ahí es cuando te cae encima todo. En comunicación política eso se llama “tinta de calamar”. No les importa probar que ellos son honestos. Ya saben que nadie les cree. Lo que quieren es ensuciar tanto la pecera que tú también parezcas sucio. Te sacan un audio viejo. Te inventan una cuenta en paraíso fiscal. Saturan WhatsApp con 10 noticias falsas en un día. El objetivo no es convencerte, es cansarte. Es que el votante independiente diga “todos son iguales” y se quede en su casa. Y cuando la gente buena no vota, gana el que tiene el voto cautivo.
Si tienes un muerto en el closet, sácalo tú primero. ¿Tuviste una empresa que quebró? ¿Un problema legal hace 10 años? Cuéntalo tú, con tu versión, antes de que te lo tiren en la cara editado. Cuando el golpe ya no sorprende, pierde la mitad de la fuerza. En la respuesta rápida está el secreto. No te puedes pasar 3 días explicando una mentira. Responde en una línea, con prueba, y de una vez devuelve el golpe al punto débil del otro. No te muevas de tu estatura, el candidato no puede caer en la pelea de barrio. Para eso están los voceros, las redes, los equipos.
4. El día después: ganar es lo fácil, gobernar es donde te matan.
Ganar la elección es solo la mitad. La otra mitad es no dejar que el propio Estado te digiera vivo. En Panamá ya vimos esa película.
Gente que llegó con bandera de cambio y a los seis meses estaba negociando con los mismos diputados, firmando los mismos decretos raros, explicando por qué “hay que ser pragmático”. César Quintero lo dijo sin anestesia: “el problema no son las leyes. Leyes tenemos de sobra. El problema es la voluntad de aplicarlas cuando le tocan al de arriba”. Por eso, si de verdad quieres cambiar algo, tienes que llevar el plan de los primeros 100 días debajo del brazo desde la campaña. Anúncialo, debátelo, que la gente vote sabiendo exactamente qué vas a hacer el día 1, el día 15, el día 60. Ejemplo concreto: reforma a la Ley de Contrataciones. Si lo prometiste 20 veces en tarima, cuando lle-gues a la Asamblea te va a costar mucho más que te lo frenen, existe presión pública, por ende hay mandato.
¿Y en qué se basa ese plan? En algo viejo pero que sigue funcionando: la ecuación de Robert Klitgaard.
Corrupción = Monopolio + Discrecionalidad – Rendición de cuentas.
Si quieres bajar la corrupción, tienes que romper esa fórmula.
Elimina de raíz el monopolio, las compras consolidadas, deja de comprarle a los mismos de siempre. Licitaciones internacionales para medicinas de la CSS y el MINSA. Que sepa cuánto cuesta una pastilla en y cuánto la pagamos nosotros. Que quede fuera la discrecio-nalidad. Mientras un funcionario pueda decidir a dedo a quién le aprueba un permiso, va a haber coima. Digitaliza todo. Permisos de construcción, trámites municipales, aprobaciones ambientales. Que el sistema apruebe o rechace según reglas claras. Cuando quitas al humano del medio, le quitas el poder de extorsionar. Maximizar rendición de cuentas, datos abiertos de verdad. No un PDF escaneado. Bases descargables, en tiempo real. Que cualquier periodista o ciudadano pueda cruzar contratos con empresas. Y protege al que denun-cia desde adentro.
5. La tecnología ya no es opcional: es tu única forma de competir parejo
Hace 10 años la tecnología era para hacer videos virales. Hoy es tu arma principal. Las maquinarias tradicionales tienen plata del Estado, buses, comida, planillas, tú no. Lo que tienes es datos e inteligencia. Antes necesitabas abogados y suficiente tiempo para revisar gacetas y Panamá Compra. Hoy un modelo de datos te cruza miles de contratos en horas. Te detecta la empresa que se creó 15 días antes de ganar una licitación. Te pilla el fraccionamiento de contratos para no pasar por la Contraloría. Te saca el patrón: siempre gana la misma empresa, con el mismo representante legal, en 3 instituciones distintas. Y eso no lo dejas en un informe técnico. Lo conviertes en un video de 40 segundos. Le pones cara. “Esta empresa ganó 12 millones y fue creada un mes antes. Con esa plata se pudieron comprar 200 mil bolsas de comida”. Ahí es donde el discurso de “todo está normal” se cae.
Defensa del voto con tecnología.
El día de las elecciones es donde más se roba. Movilización de última hora, compra de votos afuera de las escuelas, actas que “aparecen” cambiadas en zonas lejanas. No puedes ganar si no defiendes cada mesa. Y defender cada mesa hoy es con celular. Organizas miles de voluntarios en grupos encriptados. Cada uno es responsable de una mesa. Al cerrar, le toma foto al acta, la sube a un servidor indepen-diente. Tienes tu conteo paralelo en tiempo real. Si en la transmisión oficial “se cae el sistema” en 3 circuitos, tú ya tienes las fotos y pue-des gritarlo antes de que intenten cambiar los números. Eso no es tecnología por moda. Es supervivencia. Es la diferencia entre aceptar un fraude y poder probarlo.
Deja de soñar con héroes y ponte a trabajar como ingeniero.
Nos encanta la historia del líder valiente que solo con coraje va a tumbar al sistema. Ese discurso vende, pero en la vida real eso no tumba a nadie. Los gobiernos clientelistas no se caen por la indignación de algunos. Se caen cuando aparece uno que sabe combinar legitimidad ética con método calculado y frío.
Si de verdad quieres limpiar el Estado, bota la ingenuidad. Estudia al adversario como si fueras auditor. ¿De dónde saca la plata? ¿Cómo la lava? ¿A quién le paga para que le cuide las espaldas? Huele la guerra sucia antes de que llegue. Prepárate para los audios, para las calumnias, para las campañas de desprestigio pagadas. Y sobre todo, traduce. No hables de “desfalco de 40 millones”. Habla de que por esos 40 millones no hay agua en tu barriada tres días a la semana.
Cuando ganes, no hay luna de miel. Desde el minuto uno hay que meter bisturí. Leyes, decretos, auditorías, despidos. Porque el que entra a gobernar con poemas, sale a los 5 años con el mismo problema y un discurso más gastado. Acabar con la corrupción estructural no se logra con consignas. Porque al final es simple: ética sin estrategia es derrota anunciada. Y ya estamos cansados de perder.
* Consultora Política panameña


